martes, 5 de marzo de 2013

ZONA DE DESPOJO

 
No pensaba escribir sobre esta experiencia pero no se quiso ir. Siguió empujando por ser expuesta, ventilada y exigiendo una voz. No fue un asalto ni una agresión. Se trató más bien de confrontar una estructura instalada en la mentalidad de un grupo social en la capital que termina haciendo daño. O más que eso. Termina quitándole futuro a la ciudad.

Sucedió hace unos días cuando fui a entrevistar a alguien que vive en uno de esos edificios muy caros de San Isidro. Acababa de anunciarme en portería cuando el guardián llamó al departamento y preguntó: “¿sube por el ascensor de servicio o el de visitas?”. Escuchar eso me sacó de cuadro de una manera brutal. Pude ignorar el incidente, como suele hacerse en Lima, pero decidí que podía contribuir aun debate que sigue vivo.

Obviamente, en la categoría mental que le habían transmitido al pobre hombre, gente como yo no tiene la misma legitimidad que los que viven ahí. Y el asunto es que no es un hecho aislado. Nos quejamos de lo poco amable que es la ciudad, pero cuál es el ejemplo que viene de los que se supone son los más privilegiados. Es un tema de ciudadanía compartida. Por eso quizá mi primera reacción fue mirar qué dicen en Internet sobre ese concepto, y lo que encontré coincidía con lo que había aprendido viviendo en el extranjero. Casi todo tenía que ver con reconocimiento, pertenencia, respeto.

No tuve que seguir leyendo para darme cuenta de lo poco de eso que existe en Lima. ¿Cómo podemos pedir una mejor ciudad si a cada paso le negamos la condición de ciudadano a los que viven aquí? ¿De verdad podemos construir una mejor ciudad cuando hay un grupo que se siente con el poder para excluir? Porque detrás de esas paredes estoy seguro que podemos encontrar muchas respuestas a los incidentes racistas que hemos vivido en los últimos meses. ¿Qué había pasado ese día?

Pasó que sin tener ningún control de la situación, por un instante fui despojado de mi condición de ciudadano. Alguien tenía el poder de decidir sobre mí. ¿Y todo por el color de mi piel? Que eso suceda en una Lima del siglo XXI parecía un ofensivo desfase histórico. Pero también es una tremenda falta de modernidad, porque Lima vive un momento de crecimiento económico y está buscando recuperar un espacio en el concierto de ciudades que la haga interesante, apetecible, competitiva.

Para conseguir esto, Lima necesita más que una rica comida. Necesita ciudadanos fortalecidos. Al negarle de manera cotidiana esta posibilidad a la gente, se la negamos a la ciudad misma. Yo me puedo defender y lo puedo denunciar aquí, pero que cada día una cantidad indescifrable de limeños atraviese experiencias que laceran su condición de ciudadanos es inaceptable. ¿Qué hacemos?

La autoridad de la ciudad puede hacer más para empoderar a sus ciudadanos. Las escuelas pueden hacer más para aterrizar a sus estudiantes. Las familias pueden hacer más. Todos podemos hacer más, y no es cuestión de tener otra ley. De repente es cuestión de soltar viejos estereotipos y aceptar a Lima por lo que es. Por lo que es hoy. Y dejarla brillar.

Publicado en El Comercio: 19/9/12 

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